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Enfoque
COLUMNA | | 2019-01-12 | Salomón Beltrán Caballero
Enfoque LAS MIL Y UNA ANÉCDOTAS
Una la mañana después de ducharme, al estar peinándome no pude evitar verme detenidamente al espejo, buscaba ver algo diferente en mi rostro, pero no encontré nada que no hubiese visto otros días, seguía siendo el mismo de siempre, entonces me pregunté: ¿Qué se sentirá envejecer? Más tarde, me retiré a un lugar solitario para meditar sobre el hecho de no sentir los efectos del tiempo en mi humanidad, cómo dicen que los sienten otras personas de mi edad; me dije: si esto se debe a la actitud, como muchos dicen, yo no siento reflejar una actitud muy diferente a las demás personas, entonces sentí que me estaba auto halagando y decidí por ello preguntarle a mi esposa si mi edad se estaba reflejando en mi cuerpo y ella contesto:

-Yo te veo igual que siempre.
-¿Igual que siempre? ¿Cómo está eso? –repliqué.
_Sí, dijo ella, te veo fuerte, guapo, así como eres.
Su respuesta no me convenció y decidí por ello, preguntarle a mi madre:
-Madre, ya ingresé al grupo de la tercera edad, con ello se define que estoy envejeciendo, dime ¿cómo me ves tú?
Ella me miró con gran ternura, acarició mi cara y me dijo:
-Te veo hermoso.
¿Hermoso, dices? ¿Cómo?
Sí como siempre -dijo ella.

Me dije entonces: definitivamente estoy en medio de un complot, tal vez sus opiniones estén viéndose afectadas debido a que son mi familia; le pregunté entonces a Lupita una de mis pacientes:

-Lupita, usted tiene tiempo de conocerme, sáqueme de una duda, quiero saber ¿cómo me ve usted?
Lupita sin titubear me contestó: -Lo veo cómo siempre.
-¿Cómo es eso? –repliqué.
-Como ha sido usted siempre.

Entonces llegué a la conclusión de que el tiempo no incide sobre el espíritu. Cuando me veía en el espejo, lo que mis ojos percibían no era mi cuerpo, sino la esencia espiritual que lo anima; mi esposa y mi madre vieron exactamente lo mismo, y después, lo mismo le ocurrió a mi paciente.

Si tu amas como Dios te ama, no tendrás por qué ver la dura corteza que protege el tallo de un añoso árbol, verás la sabia que lo alimenta y con ello, la eterna viabilidad que refleja su follaje cuando se vive en la eterna primavera.

“Dijole Jesús: Yo soy la resurrección y la vida: quien cree en mí, aunque hubiere muerto, vivirá y todo aquél que vive y cree en mí no morirá para siempre: ¿Crees tú esto?” (Jn 11-25:26)

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