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Mexicano, sin ser nacionalista; recuerdan a un ermitaño sociable
CULTURA | | 2018-05-02 | Agencias
La Fundación Ricardo Martínez celebrará este año al pintor con la publicación de un libro conmemorativo y una exposición en Bellas Artes
Ricardo Martínez (Ciudad de México, 1918-2009) fue el número 13 de 16 hermanos del matrimonio Néstor Martínez y Elena de Hoyos. Uno de los cinco hijos de profesión artística. Él fue pintor, su hermano Oliverio, escultor; Enrico y Homero, arquitectos, y Jorge, actor. A los diez años salió de México con sus padres camino hacia Europa, pero la depresión económica lo detuvo en San Antonio, Texas, donde permaneció cuatro años.

Volvió en 1932 y nunca más dejó el país. Centró su atención en aprender a pintar de manera autodidacta. Sobre lienzos, que él mismo preparaba y montaba en bastidores, experimentó primero con el realismo e hizo bodegones, paisajes y personajes populares; después, jugó con el surrealismo y así hasta encontrar su propio lenguaje: figuras humanas en tamaño desproporcionado sumergidas en entornos sombríos.

Jamás asistió a clases formales. Una sola vez entró a la Academia de San Carlos, pero no le gustó el sistema de enseñanza. Mucho menos realizó estudios en el extranjero. Su primer estudio fue un rincón de la sala en la casa familiar en la colonia Roma. Después se mudó a la colonia Anzures, vecino del pintor Federico Cantú, y finalmente se estableció en la calle Etna, donde todos los días pintaba hasta el último rayo de luz natural, hasta el día de su muerte, el 11 de enero de 2009.

Estas y muchas otras revelaciones se harán públicas este año con el festejo del centenario de su natalicio (28 de octubre) que sus hijos, a través de la Fundación Ricardo Martínez, celebrarán con un programa de actividades culturales. Se prepara un libro conmemorativo con textos que analizan su obra y persona, y una exposición retrospectiva en el Museo del Palacio de Bella Artes.

A ello se suma un documental biográfico que prepara Canal 22 y tres pequeñas exhibiciones promovidas a través de Fomento Cultural Banamex. Y en paralelo se trabaja el catálogo en línea con más de dos mil obras registradas para su consulta pública desde el sitio web de la Fundación, y, a largo plazo, se proyecta integrar el acervo digital al del Instituto de Investigaciones Estéticas de la UNAM.

Se trata, pues, de lanzar la casa por la ventana para hacerle justicia a quien en vida fue un hombre ajeno de la escena pública, discreto con el mercado del arte y reservado en los grupos sociales. Aunque todos los lunes, con puntualidad inglesa, acudía a una comida en casa de Vicente Rojo a donde también llegaba Juan Rulfo, Fernando Benítez, Carlos Monsiváis, Luis Cardoza y Aragón y Augusto Monterroso. Sus amigos.

Su hija Zarina Martínez lo recuerda como un hombre adusto: “Él decía que era un ermitaño sociable, porque le gustaba la soledad de su estudio, pero también tenía muchos amigos que se reunían a cenar con frecuencia y nunca faltaba a comer todos los lunes con Vicente Rojo”, señala.

“Esta es una ocasión para hacerle justicia porque siempre fue una persona muy discreta, reservada como artista. Además dar a conocer sus facetas desconocidas, tanto de su vida como de su obra, y lo haremos a través de obra inédita, desde un enfoque más personal. Existen ensayos de críticos literarios sobre su trabajo, pero ahora la intención es hacer algo más académico y más personal”, refiere Martínez.

Universo pictórico

Del universo de más de dos mil obras registradas en el catálogo de la Fundación, cerca de dos centenares integran la publicación Ricardo Martínez 100 años, bajo la edición de Antonio Tovalín en la Universidad de Veracruz. El libro tendrá prólogo de Alberto Ruy Sánchez, un texto personal a cargo de su hija Zarina y un análisis del entorno cultural en que vivió el artista, escrito por la historiadora Miriam Kaiser.

Textos que servirán de eje para comprender las pinturas y dibujos organizados en dos periodos: 1940 a 1979, y 1980 a 2009. “Empezó haciendo pintura mucho más realista luego estuvo coqueteando con el surrealismo, tiene unos cuadros completamente de corte surrealista, y poco a poco fue depurando sus figuras, sus temas, motivos, hasta llegar a fines de los años 50 e inicios de los 60 al estilo que será característico de su vida, estas figuras que ocupan casi todo el espacio de la tela”.

La publicación, planeada para agosto, será complementaría a la exposición retrospectiva que se organiza en colaboración con el Museo del Palacio de Bellas Artes. Serán entre 150 y 200 piezas –pinturas, dibujos, gouaches, correspondencia y fotografías– que develen la vida tan reservada de quien meses antes de morir recibió la Medalla de Oro del Instituto Nacional de Bellas Artes y la Medalla de la Ciudad de México.

“Lo interesante es ver la manera de presentar estas fases desconocidas en una exposición, y será presentando cosas que nadie ha visto y enseñando cómo ha sido su proceso creativo desde la primera idea hasta el cuadro terminado. La exposición tiene un doble propósito, por un lado mostrar un proceso creativo que nadie conoce y, por otro, mostrar las obras que nadie o poca gente conoce. Lo que más puede decir de una artista es su trabajo, entonces dejamos que hable su propio trabajo”, refirió de la exposición programada para noviembre próximo.

Tanto en el libro como en la exposición se hará énfasis en los rasgos prehispánicos presentes en la obra de Martínez. No son, aclara su hija, elementos explícitos, pues su interés por las culturas prehispánicas era desde un punto de vista estético y no antropológico. Por lo que se dedicó a absorber expresiones, formas, colores y texturas de piezas antiguas que él mismo coleccionó: “Este acervo bajo custodia de la Fundación tiene el registro del INAH y para él era como compañía, había un diálogo entre su producción y el contenido de las piezas, las veía como un estímulo visual y se nota en rasgos faciales de ciertos personajes. Era muy mexicano sin ser nacionalista”. Ello se verá en obras como Niño con perro (1941), La tarde (1951), Paisaje en rojo (1952), Tres fumadores (1956), Figuras yacentes (1995), entre otras.

Su propio marchante

La personalidad reservada de Martínez lo llevó incluso a abandonar a su única representante en el mercado, Inés Amor, de la Galería de Arte Mexicano. De la mano de Federico Cantú llegó en 1943 a la que fue la primera galería de la ciudad, y a pesar de que su obra circulaba bien entre coleccionistas, 20 años después decidió representarse a sí mismo, ser su propio marchante.

Lo hacía desde su estudio; con compradores muy selectos, pues siempre le preocupó el destino de sus pinturas. Lo que hace más difícil pasar por buena una obra falsa. Su hija explica que además de ser muy característico su trazo, él mismo armaba los bastidores con una manufactura casi artesanal y conocía de primera en persona a su comprador. “Era muy especial y no vendía a cualquiera”, dice.

Además de sus cercanos, hizo amistad con los escritores Rubén Bonifaz Nuño, Alí Chumacero, Joaquín Díez-Canedo, Jorge González Durán, José Luis Martínez y Juan José Arreola; y los pintores Juan Soriano, Carlos Mérida, Luis García Guerrero, Fernando Ramos Prida, Vicente Rojo, José Luis Cuevas y Guillermo Meza. Son pocos sus discípulos, pero en su taller dio clases a Lucinda Urrusti.

A casi diez años de su muerte, que se cumplen en enero de 2019, queda el pendiente del Centro Cultural Ricardo Martínez que el gobierno de Marcelo Ebrard prometió al artista y jamás concretó. Aunque había una maqueta y los primeros acuerdos para dar la obra en comodato, al término de la administración en turno, se suspendió el proyecto.

“Cuando Elena Cepeda se fue a Morelos dijo en un momento que podría realizarse allá, pero nosotros ya no quisimos trabajar con ellos porque nos pareció descortés el manejo del proyecto, al dejarlo sin amparo. Espero se pueda retomar con la nueva administración”.

“ÉL ME PIDIÓ EL CATÁLOGO”
“Él me pidió que hiciera el catálogo”, así responde Mark Ruben, quien fuera amigo y médico del pintor Ricardo Martínez, a la Fundación Ricardo Martínez sobre el rechazo al libro-catálogo que realiza desde 2006 para reunir la obra de quien murió en 2009.

Después de que los hijos del artista, a través de la Fundación, publicaran un boletín para avisar a coleccionistas que la investigación de Ruben no tiene validez ni reconocimiento de su institución, el médico aclaró que su intención no es comercial ni apropiarse de los derechos de autor, sino cumplir con una petición personal de su amigo.

“En 2006 apareció una obra falsa en una subasta, entonces Ricardo Martínez me dijo por qué no hace usted un catálogo, yo le dije que un catálogo razonado lo hace una fundación o un museo, y entonces yo le pedí que le preguntara a sus hijos y su respuesta fue un no. Tengo pruebas, tengo correos de su hija Zarina, donde ella dice que no quiere hacer el catálogo.

“Inicié el trabajo en octubre de 2006 y en ningún momento me he puesto como representante de Ricardo Martínez, ni de la Fundación, no he hecho ningún certificado de autenticidad de la obra de Martínez, porque sé que la Fundación es la única que tiene el derecho de dar esa autentificación, y yo lo tengo claro y no estoy peleando los derechos, ellos (los hijos) son los herederos”, comenta Ruben.

Aunque no tiene intención de publicar su catálogo con más de dos mil obras registradas, el médico sí defiende la validez de su trabajo. Indica que se ha dedicado por 12 años a visitar galeristas, coleccionistas y cualquier persona que tenga obra del pintor mexicano para incluirla en el archivo. Cuenta con un número de identificación de la obra e información complementaria de cada pieza.

Ante las quejas de la Fundación para centrar el aniversario del artista en su propia publicación, Ruben propone que podrían complementarse ambos catálogos, con el crédito correspondiente a su trabajo de investigación.