Enfoque: Domingo Familiar
COLUMNA | | 2017-06-19 | Salomón Beltrán Caballero
“Amarás, pues, al Señor Dios tuyo, con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tus fuerzas. Y estos mandamientos, que yo te doy en este día, estarán estampados en tu corazón y los enseñaras a tus hijos, y en ellos meditarás sentado en tu casa, y andando de viaje, y al acostarte, y al levantarte, y los has de traer para memoria ligados en tu mano y pendientes en la frente ante tus ojos y escribirlos has en el dintel y puertas de tu casa” (Deuteronomio 4:5-9)

Sentado a mi lado, se encuentra el mayor de mis nietos, y he de comentar, que desde que entró a la adolescencia, ha mostrado más cambios emocionales que los de costumbre; apenas hace una hora, lo invitaba a desayunar y no aceptó, respeté sin discusión su decisión; en estos momentos, le interesó un poco lo que estoy haciendo; di lectura a un pasaje de un recuerdo de mi infancia que publiqué el sábado, y me preguntó, por qué lo hacía, y yo le pregunté a la vez, si me estaba escuchando; no me contestó, pero me abrazó y en voz baja me dijo: _Te amo abuelo.

Después de esa fugaz expresión de amor, siguió haciendo lo suyo como es costumbre. Me pregunto, si como abuelo estaré cumpliendo con el mandato del Señor, ¿acaso mis hijos escuchan al padre, acaso los nietos escuchan al abuelo? El abrazo de Sebastián me dice muchas cosas, más de las que me puede decir con palabras, pero aún tiene ánimo para decirme: _¿Cómo que ando muy amorosos abuelo, no te parece? Le respondo: _¿Por qué piensas eso? Y sin titubear me contesta: _Porque todo me está saliendo bien. Hace unos momentos habló con su padre vía celular, tal vez eso le haya mejorado el ánimo, tal vez se refiera a que ya sació su hambre, tal vez, a que está jugando un videojuego y no está perdiendo. Yo quiero pensar que Dios está interviniendo y está poniendo cada cosa en su lugar para hacerlo feliz: Un abuelo amante de sus nietos, una casa humilde pero acogedora, un refrigerador a la mano para tomar los alimentos, una estancia agradablemente climatizada, unos hermanos ocupados en lo suyo, una abuela enamorada, una sana distancia que pone límites momentáneamente a sus preocupaciones, una esperanza de encontrar la pieza que le falta al rompecabezas de su vida.

Un padre… quién quiere un padre: un padre biológico, un padre humano que igual lucha por conocer su potencial como tal. Dónde está mi padre ahora para festejar su día, dónde estuvo tanto tiempo; dónde, cuando mis temores me abrumaban; dónde, cuándo por mi inexperiencia caía una y otra vez, dónde está para abrazarlo como siempre quise. Seguramente mi padre terrenal también estuvo buscando al suyo para preguntarle lo mismo, y ahora, mi yo padre, se pregunta: ¿Dónde están mis hijos para darles todo el amor que siento por ellos? Ocupados, sí, están ocupados en sus cosas para aprender por sí mismos lo que es ser un buen padre, pero pienso, que si me escucharan, algo de lo que tengo que decirles podría servirles para dar paz a su espíritu.

Padre mío, sé que tú eres el Padre nuestro que estas en los cielos, que tu nombre es santificado, que tu reino es accesible a nosotros, que nos das siempre el pan nuestro de cada día, que perdonas nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden y que nos libras de todo mal. Abre nuestros ojos y nuestros oídos a tu obra y tu palabra, y has de cada uno de los padres de la tierra, un padre a tu imagen y semejanza.

Dios bendiga a todos los padres en la tierra y bendiga nuestros Domingos Familiares.

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